Uno spagnolo a Vicenza/ Un español en Vicenza

Ti racconto la mia storia a Vicenza con un tweet / Te cuento mi historia en Vicenza con un tuit.

La paella vicentina

No, los vicentinos no eran alemanes, pero tenían cosas de alemanes para un español como yo.

Como poco a poco iba pasando más tiempo con vicentinos de toda la vida, veía cada vez más un aspecto de los vicentinos que para mí resultaba muy alemán: su puntualidad. No hace falta decir que para un español la puntualidad es un concepto abstracto, abstruso y nunca concreto. Sin embargo, un vicentino en este aspecto es completamente antiespañol. Y me gustaba.

Y me sigue gustando. Viviendo en España no comprendía por qué era tan difícil ser puntuales, quedar a la hora en punto, empezar a hacer algo exactamente a la hora acordada. Pues, no, no había manera, en España. En Vicenza, finalmente, para mí, sí.

Sí, porque en ese aspecto yo había sido siempre muy antiespañol: si quedamos a las once, las once son las once, no las once y… o casi las doce. ¿Por qué siempre tenía que esperar y vivir en la incertidumbre? Sí, no lo aguantaba. Y sigo sin hacerlo.

En Vicenza, era feliz. Las seis eran las seis y punto. Y siguen siéndolo. Y sigo siendo feliz. ¡Qué alegría! Será por mi lado alemán que no soporto la impuntualidad. Sí, algo tengo yo también de teutónico. No solo era el más alemán de aspecto entre mis amigos españoles: alto, delgado, blanco, rubio y puntual. Necesitaba ser pragmático y conciso como un buen representante germánico. Sería por mis genes paternos y maternos: Alba y Ezequiel, gentes del norte, de más allá de los Pirineos.

Así en Vicenza quedabas y allí estaban en punto. Ibas a una tienda y abrían en punto. Necesitabas hacer un trámite en una oficina municipal, te atendían cuando llegabas y punto. Bueno, no siempre. En verdad raramente. La burocracia no era puntual ni concreta. Y sigue siéndolo. Todavía recuerdo mi primer trámite burocrático en la comisaría de policía.

Debía llevar una serie de documentos para pedir mi primer permiso de residencia. Fue después del 2002 por lo tanto ya no había fronteras en Europa. Pero, en uno de esos papeles todavía estaba la casilla donde escribir el nombre de la frontera por la que habías entrado en Italia. La mujer policía que me atendió debía escribir algo en esa casilla en blanco. Debía y punto, aunque no hubiera nada que escribir. Así que no hubo manera, debía darle un nombre. Podía decirle: Venecia o Roma, era lo mismo. Exigía un nombre. Le di Roma porque Roma era. ¡Con la burocracia habíamos topado!

Por suerte y a parte la burocracia, Vicenza era y sigue siendo: baccalà con polenta. Dos ingredientes y punto: pasta con radicchio, gnocchi al ragù o mi favorito, no solo por su gusto sino también por su pronunciación véneta, bigoi co’ l’arna. Gusto simple y pronunciación revuelta. Como la paella, mixta y sencilla. Mi combinación preferida: alemán y español. Ahora, para combinaciones-pronunciaciones no hay otra en Vicenza que venere más que ésta: i miei fioi.

¡Qué gusto! Solo pensarlo se me hace la boca agua

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