Ti racconto la mia storia a Vicenza con un tweet / Te cuento mi historia en Vicenza con un tuit.

El ambiente vicentino

Un español en EE.UU. se siente como en una película de Hollywood. Un español en Vicenza se siente como en una película de romanos.

Pero romanos selectos. No romanos de la plebe sino de la aristocracia romana.

¿Por qué?

No, no van todos vestidos con togas senatoriales o como legionarios de Julio César. No, la verdad es que el vicentino no es romano. No puede serlo. Roma le queda demasiado lejos en todos los sentidos.

Es Vicenza la romana. Es la ciudad de Vicenza, romana. Es el casco antiguo de Vicenza, romano. Es la Vicenza de Palladio, la ciudad romana. Son sus palacios, fachadas, columnas, capiteles, arcos y ventanas. Es su magnífico teatro Olímpico. Son sus villas, como la famosa Rotonda. Lo es incluso el cementerio municipal con la tumba de Palladio. Es la herencia de aquel picapedrero, luego arquitecto, que se llamó Palladio.

La primera vez que me vi rodeado de la belleza palladiana yo también me sentí como en una película de romanos. La primera vez fue en una tarde oscura, silenciosa y húmeda en un centro de Vicenza vacío.

A pesar del vacío humano me sentí acompañado. Caminaba por corso Palladio, y notaba que las altas fachadas de los palacios no solo me miraban, sino que me seguían. Me hablaban. Me contaban una historia que para mí era de película. De aquellas pelis de los domingos por la tarde. De domingos de sofá, zapatillas y sobremesa peliculera. De pelis de los sesenta que empezaban a las tres y media y acaban a las seis o incluso más tarde.

En mi caso, estar en Vicenza, era como estar en uno de esos largometrajes de tecnicolor. Me veía pasear por el foro romano con toga blanca y sandalias. En cualquier momento podía cruzarme con un escuadrón de legionarios llegados de las Galias.

Esas sensaciones las viví la primera vez que un vicentino me enseñó su Vicenza. Era un electricista de profesión, de manos gruesas y cabeza erguida. Modesto de aspecto, pero elegante en su hablar. Orgulloso de su ciudad, pero humilde en su discurso.

Me llevó al Teatro Olímpico.

Allí fue la segunda vez que me sentí transportado a la antigua Roma. Con su sencilla y clara pasión me acompañó en un viaje de ida y vuelta desde la antigüedad hasta nuestros días. Por una media hora me pareció estar delante del televisor viendo a muchísimas personas con ropa sencilla pululando entre calles estrechas y alargadas. Calles llenas de pequeñas tiendas con ánforas de aceite, vino o salazón de pescado, con olor a frito y podrido. Elegantes edificios habitados por familias aristocráticas con sus esclavos domésticos que entran y salen de numerosas habitaciones alrededor de un patio decorado con estatuas.

¿Exagero?

Para un español del Bajo Cinca como yo, no. Era película de verdad

2 pensieri riguardo “Uno spagnolo a Vicenza/ Un español en Vicenza

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