Mi zapatilla desaparecida

Me paré en seco. Estaba claro que alguien había entrado cuando yo no estaba. ¿Y si todavía estaba ahí? Estuve a punto de desandar lo andado para ir a buscar refuerzos. Pero, en ese momento cogí fuerzas y entré.

La puerta se abrió apenas la empujé con un dedo. Lo hice lo más sutilmente posible. No quería que chirriara para no anunciarle mi presencia al posible ladrón. Cuando crucé el umbral enseguida entendí que el caco ya no estaba. Aunque parecía que todo estaba en orden y no hubiera entrado nadie.

La luz que entraba por las dos ventanitas iluminaba los armarios cerrados de la librería. Mi viejo televisor en blanco y negro seguía estando ahí. Tampoco habían tocado mi vetusto radiocasete con el que había mejorado mi italiano escuchando cada día Radio Padova, Radio Cafè o Radio RTL 102.5. Quizás era demasiado pesado y viejo para que el delincuente estuviera interesado.  Ni en la cocina faltaba nada de todo lo que tenía para cocinar. Mi tostadora seguía estando en su sitio. Todos los cubiertos que había comprado cuando me mudé ocupaban su espacio en el armario. Tampoco la tetera se había movido de su sitio.

Ni siquiera habían tocado el armario con toda mi ropa, aunque una de las dos puertas estaba entreabierta. Miré dentro y tampoco faltaban mis camisas, camisetas, vaqueros, calcetines, calzoncillos, mi única bufanda, así como mi pijama o zapatillas de estar por casa. Tampoco mis dos pares de zapatillas deportivas. Aunque las que acababa de comprar en una tienda de moda del centro de Vicenza y que me habían costado un ojo de la cara -fueron más bien un capricho- estaban a mitad. Es decir, faltaba una de ellas.

Y estaba completamente seguro que las dos, las había guardado ahí.

Sólo me quedaba el baño por controlar. Pero, no esperaba que los ladronzuelos hubieran estado buscando ahí antes que en el cuarto de estar. Aun así, la zapatilla desaparecida tenía que estar en algún lado. No sin un poco de aprensión tuve que abrir la puerta. La había cerrado a cal y canto. Lo hice sin pensármelo dos veces. Si el bandido se escondía en el baño no iba a ser yo el que se asustara. Cuando la puerta golpeó contra la pared vi que también estaba vacío. El malhechor se había esfumado. Y parecía que lo había hecho con las manos vacías. Mi otra zapatilla recién comprada estaba a medio caer en el borde del lavabo…

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