Uno spagnolo a Vicenza / Un español en Vicenza

Ti racconto la mia storia a Vicenza con un tweet / Te cuento mi historia en Vicenza con un tuit.

Poco a poco iba asimilando vicentinità. Ya no tenía problemas de comprensión del italiano, aunque seguía sin encontrar muchas palabras necesarias. La lengua que estaba aprendiendo en Vicenza empezaba a salirme naturalmente. Incluso con un cierto acento. Tras ocho meses en Vicenza estuve en Roma, pensaron que era véneto. ¡Qué satisfacción!

Pero sentía que algo fundamental en Vicenza aún no me entraba. Me quedó claro cuando empecé a dar clases de español.

Un día explicaba cómo funciona el pretérito perfecto de indicativo en español.

<<Cuando digo en español: He comido una pizza; es como en italiano: Ho mangiato una pizza>>, dije.

<<No>>, respondió uno de mis estudiantes todo contrariado. <<Go mangià, en italiano>>, añadió rotundamente.

<<No, Marco, en italiano es: ho mangiato>>, le respondí con delicadeza y compasión.

Se me quedó mirando todo confundido.

Con el dialecto había topado

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Yo nunca le he dado mucha importancia a mi modo de vestir y en aquel entonces mucho menos. En Vicenza me di particularmente cuenta de ello.

En el trabajo, en la calle, en el bar, en fiestas y discotecas de cada vez conocía más gente.  Podía ser gente cariñosa o fría, daba igual, que se presentaba dándome la mano y se preguntaba sorprendida: ¿Un español en Vicenza?

A veces, alguno de esos vicentinos afectivos o indiferentes me daban la mano e ipso facto se producía en ellos un movimiento que aparentaba ser tan natural como su respiración. Me miraban de arriba abajo y de abajo arriba. De pies a cabeza y al revés. Al mismo tiempo su frente se arrugaba y sus ojos se abrían como platos.

Solían tener un elemento que los identificaba: el cuello de su camisa o polo. ¡Siempre para arriba! Para mí, se convirtieron en los del cuello alto.

Vicenza cogía forma: el espriz, los del cuello alto y ¡Zio Billy!…

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Un día empecé a quedar con gente del lugar. No había sido fácil. Llevaba casi cinco meses en Vicenza y solo conocía a gente del trabajo.

Pero un día empecé a quedar.

Pensé que quedaríamos a las 16 o 17 de la tarde para tomar un café tranquilamente sentados en una terracita o hacia las 23 de la noche para salir de marcha.

Quedamos a las 18 de la tarde en el centro para tomar un spritz, me dijeron. <<Bueno, vamos a ver>> me dije.

El espriz o como se dijera, no me gustó. Eran las siete de la tarde y solo habíamos tomado ese mejunje naranja (el espriz).

Yo esperaba ir a otro bar para tomar algo más: una cervecita, un vinito, una clarita, un cafecito, un porroncito, una cañita, un chupito, etc.

Se despidieron para ir a cenar. Miré el reloj. Sí, eran solo las siete de la tarde.

<<Mal empezamos>> pensé

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La lengua es como un árbol. La gramática es su tronco. El léxico sus hojas. Son ellas las que colorean tu vida. Y entre todas ellas algunas más que otras. Ésas que escuchas muy a menudo, más bien, casi siempre. Ésas que se repiten, se repiten y se repiten. Porque las necesitamos tanto como el aire. Y los hispanohablantes parece más que otros.  

También entre italianos son indispensables. Entre vénetos parece que aún más. Y entre vicentinos particularmente.

Cuando empecé a aprenderlas había una – de entre las más usadas – que me llamó enseguida la atención. Creía entender su significado. Se usaba cuando uno exclamaba. Cuando mostraba su enfado. Ante algo insoportable. O simplemente como afirmación.

En preguntas, respuestas, comentarios, juicios o murmuraciones. Era todo un Zio Billy por aquí, Zio Billy por allá. << ¿Zio Billy? >> me preguntaba. << ¿Tío Billy?>> me respondía. << ¿Por qué?>> me volvía a preguntar. << ¿Hay o ha habido un tío llamado Billy, famoso en el Véneto por sus imprecaciones?>> no me quedaba claro. Poco después apareció Zio cane y su variante Zio can (con “n” gutural) que me provocaron más dudas.

Después llegaron sus primas Porco zio y de ahí Porca manetta, Porco…etc. La lista sería larguísima. Y esto debería ser un tuit, ¡Zio Billy!

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Ahora ya era capaz de interactuar con los vicentinos aunque con frases cortas, dudas continuas y un fuerte acento. ¡Me sentía contento!

Aquí empezaron a aparecer las peculiaridades del italiano hablado. Algo que me sorprendió enseguida en mi nueva lengua fue su repetición.

Yo preguntaba: <<Ci bediamo al bar?>>

Me respondían: <<Sì, sì, va bene, d’accordo, OK>>

Para mí con un “sí” era más que suficiente.

<<Bueno, hablando es solo una cuestión de tiempo>> me decía.

Pero, cuando era con mensaje de móvil, también era una cuestión de schei (dinero, aprendería después).

Quedar con alguien por teléfono solía ser así:

Yo: <<Ci bediamo ale sete?>> (1 euro)

El otro: <<Sì, sì, va bene>> (1 euro)

Yo: <<Ba bene>> (2 euros)

El otro: <<Bene, OK>> (2 euros)

Yo: <<…>>

El otro: <<OK, OK>> (3 euros)

<<¿Otra vez?>> pensaba.

Yo: <<Sì>> (3 euros)

El otro: <<Va bene, ciao, ciao>> (4 euros)

Yo: <<…>>

El otro: <<OK, ciao, ciao>> (5 euros)

Yo: <<…>>

El otro: <<Ciao, ciao!!>> (6 euros)

Yo: <<…>>

Dos minutos más tarde.

El otro: <<Hai visto il messaggio?>> (7 euros)

Mi móvil: <<…>>

¡¡Ring!!

Entonces, yo apagaba el móvil

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Ahora llegaba la parte más difícil de mi nueva vida en Vicenza: ¡Los vicentinos!

Pocos días después de poner pie en tierras vicentinas, me presentaron a una chica de Vicenza de toda la vida (vicentina doc, aprendería más tarde).

<<Ciao, Giorgia>> se presentó. En ese momento y con toda la naturalidad del mundo yo empecé a moverme hacia ella para darle dos besos. Medio segundo después ella con cara preocupada se apartaba de mí al mismo ritmo que yo intentaba acercarme. Sin preaviso, desenfundó la mano sin dejar de apartarse. Choqué contra esa mano fría y lánguida que paró mi buena intención de besarla en las dos mejillas.

<<Ciao, Ruben>> respondí contrariado al darle la mano.

<<Come stai?>> añadió ella como para protegerse.

<<Io esto bene>> contesté ante su media sonrisa.

<<Ah, spagnolo?>> preguntó.

 <<Sí,sí>> respondí a secas, temiendo cometer cualquier otra injuria contra el código de conducta vicentino.

<<Vuoi prendere uno spritz?>> terció placando todo improperio de mi parte.

<<Ba bene>> contesté temeroso ante su cara sonriente

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Dudar con la gramática es irritante, sin duda. Ahora, dudar en el mundo real puede ser perjudicial. Indudablemente, el mundo real es mejor profesor que el Profe. Si no que se lo pregunten al Profe. O sea, a mí. Mi primera gran duda fue en el supermercado. Estaba haciendo la compra cuando me topé con naranjas. Yo quería naranjas. Necesitaba naranjas. La duda estaba en la etiqueta de esas naranjas, decía: Arance rosse, es decir, naranjas rojas. La duda era un sinsentido. Para mí las naranjas siempre habían sido naranjas, luego, de color naranja. Por lo tanto, esas naranjas sólo podían ser naranjas naranja. Naranjas, no rojas. Punto. Así que las compré. Una bolsa de cinco kilos de naranjas (¡rojas!, insistía la etiqueta). La duda era inquietante.  Llegué a casa, abrí la bolsa de naranjas, me moría de ganas de zamparme una. Pelé la primera, era roja. Ni un puntito naranja, tenía la naranja. Estará mala, pensé. Abrí otra, era aún más roja. La tercera, roja, roja. La cuarta…sí roja, totalmente roja. ¡Mierda! Exclamé, indignado. ¡He comprado cinco kilos de naranjas en mal estado! Las tiré todas a la basura

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Tras varias clases de italiano, la pronunciación deja de ser una confusión casi continua para mí. Ahora lo es la: ¡gramática! <<¿Por qué si digo, ho mangiato una pizza, no puedo decir, ho andato al mare?>> le pregunto a mi profesor. <<Porque andare es un verbo intransitivo>> me responde con firmeza. Mi lógica me hace pensar que intransitivo significa que no transita, es decir, que no camina o se mueve. <<¡Pero si andare en italiano significar ir en español!>> <<¿Cómo que no se mueve? ¡Si ir es un verbo de movimiento!>> exclamo para mí mismo. ¡Con la gramática había topado!

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Efectivamente sólo acababa de empezar. Continua Ruben– conminó mi profesor. Con la cabeza hecha un lío proseguí mi deambular por arenas movedizas: <<Iobana fa la mama e està a cassa con i ragatsi ce>> – che, Ruben- me corrige el profesor¿Qué? Le pregunto yo -si pronuncia che non ce- <<che non bano a escuola>>. <<Cuando non està a cassa fa la espessa al negotsio del sicnor>> –Ah, no, me doy cuenta del error– <<signor Fogassaro>>. <<Lei borrrebe esere al mare a Hesolo>> –Jesolo Ruben con la i- me avisa el profe << non a Bicenza perce>> –perché Ruben, asevera el profe– <<perché ci sono trope sansare>> concluyo casi sin fuerzas y con un montón de dudas en la cabeza

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He aquí mis pimeras palabras en italiano: <<Iobani bibe in centro a Bicensa. Tute le matine si alsa ale sete, si laba la facia e si petína. Metsora dopo fa colatsione al bar dobe prende un capucino e una brios prima di andare a laborare. Lui labora in uno estudio di abocadi e comercialisti in piatsa dei Sicnori >> Signori, Ruben, come la ñ – me aclaró mi maestro. Y sólo acababa de empezar