Uno spagnolo a Vicenza/ Un español en Vicenza

Hay tres palabras que antes o después aprendes si vives en Vicenza: baccalà, magnagatti y Palladio. A un español, normalmente, ni una de las tres le dice nada. A mí tampoco, al principio.

La primera que aprendí, mejor aún, mastiqué, fue el baccalà, y no me gustó. Sigue sin gustarme. Casi, casi como la polenta.

La segunda fue magnagatti, y al principio me pareció difícil de creer. Después llegó lo de Veneziani gran signori, padovani gran dottori, vicentini magnatti, veronesi tutti matti. Y empezó a sonarme mejor, aunque me faltaba el sentido. Éste llegó más tarde.

La tercera fu Palladio: corso Palladio, centro comercial Palladio, la ciudad de Palladio, Hotel Palladio, Tenis Palladio, escaleras Palladio, Inmobiliaria Palladio, Palladio Museum, basílica palladiana, villas palladianas, mármol palladiano, suelo palladiano, etc. Palladio omnipresente. ¿Por qué? Ni idea. A mí paladio me sonaba a química. Nada más. Empecé a comprenderlo con la primera visita del Teatro Olímpico con un guía muy especial. Un vicentino de toda la vida, pragmático y soñador, ingeniero eléctrico hecho a sí mismo y, por supuesto, enamorado de Palladio.

Y eso me abrió un mundo

Uno spagnolo a Vicenza/ Un español en Vicenza

¡Hola queridos estudiantes!

¿Qué tal la primera semana de colegio?…¡Ay!

Como decía mi alumno favorito se llamaba Antonio y tenía unos cinco años. Por la tarde hacía los deberes con él en su casa-caravana.

Uno de esos días hacía calor. Estábamos bajo un toldo apoyado sobre el techo de la casa-caravana de la abuela de Antonio que al mismo tiempo nos hacía sombra y nos servía como terraza. Allí yo debía intentar que Antonio hiciera sus deberes del colegio. Ese día debía escribir una serie de frases en su cuaderno. A dos metros de nosotros sus dos hermanas jugaban bajo el sol. La mayor llevaba una camiseta desgastada y nada más y corría sin parar, la menor solo un pantalón corto y la perseguía. Antonio se las miraba mientras yo le ordenaba que escribiera en su cuaderno.

Su padre no estaba y su madre dormía en su casa-caravana. Su abuela estaba cocinando algo en su pequeña cocina. Debían de ser las cuatro de la tarde. De repente, apareció por la estrecha puerta con un plato de espaguetis con tomate en la mano. Pensé que iba a ponerse a comer, sin embargo, me dijo: <<Toma, para ti>>.  

Me pareció que no podía rechazar su oferta, así que cogí el tenedor y empecé a comerme los espaguetis más al dente de mi vida. A pesar de mi mirada suplicatoria, Antonio apenas había escrito en su cuaderno media frase con letras irregulares. Sus hermanas seguían persiguiéndose por el patio de arena ante la mirada envidiosa de su hermano. Yo seguía esforzándome con los espaguetis. Cuando creía que ya lo había conseguido apareció de nuevo la abuela con una tacita de café. Con una sonrisa me dijo otra vez: <<Toma, para ti>>. 

Cuando la cogí casi se me cae al suelo. Estaba caliente como las brasas. Apenas podía beber pequeñísimos sorbos de café para no quemarme. La abuela me preguntó si me gustaba. Yo le decía que sí con la cabeza. Tras más de media hora conseguí beberme el último sorbo de café, con un poso tan espeso como la arena del patio donde ahora jugaba Antonio con sus dos hermanas